Cuentos chinos por César Moreno U.

Félix Gónzalez Canto, entre el maximato y el padrino, resulta ser una caricatura.

Cuentos chinos

 

Ni los hermanos Grimm (1 de 3)

César Moreno U.

 

Cuando Jacob y Wilhelm Grimm crearon ese universo de historias, monstros, princesas y lobos, con toda la imaginación que poseían este par de ingeniosos lingüistas y escritores alemanes, nunca imaginaron que la realidad superaría la ficción.

Así sucede en el caribe mexicano. ¿Por qué? Por la simple razón que aquí, los monstros y lobos abundan en la política quintanarroense.

Plutarco Elías Calles, fundador del PRI, presidente todo poderoso de México, era tan aficionado al dinero como al poder. Quitaba y ponía gobernadores a su antojo, incluso, hasta Presidentes. Don Plutarco tenía olfato para el dinero, y sabía que donde hay dinero, hay dinastía.

Pocas veces los mexicanos coincidimos en algo y una de esas pocas es que Los Presidentes pueden hacer lo que quieran. Desde siempre los mandatarios han tenido y se han atribuido un poder inmenso, al cual nada les esta negado. Mágico. Único.

Desde entonces a la fecha, El señor Presidente lo puede todo. Sin embargo, el PRI y toda su estructura presidencial sufrió un descalabro en el año dos mil. Por primera vez los priístas se veían a la cara y no sabían que órdenes seguir.

Descabezados, fueron dando tumbos, cayéndose y también aprendiendo de sus errores, no para no repetirlos, sino para saber cómo evitarlos.

Durante este corto periodo que los estudiosos de la democracia llaman “transición”, el poder que irradiaba de El Presidente pasó a manos de Los Gobernadores.

Sabedores del poder que recién adquirían Los Gobernadores hicieron uso y abuso de todo. Se engolosinaron. Llenaron sus bolsillos de propiedades, dinero, negocios e inversiones. Los que estaban a su alrededor hicieron lo mismo. Así cada gobernador que era electo, nuevas fortunas crecían de la nada, los amigos transmutaban a nuevos millonarios y nuevas familias se encumbraban en “la alta sociedad”.

Los funcionarios, ávidos de estar en el reparto de favores y beneficios, no querían quedarse atrás. Serviles a sus jefes, sabían que el que a buen árbol se arrima, buena sombra le cobija.

 

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Luis Echeverría, famoso por su protagonismo y sueños de ser El Líder del tercer mundo, vio una mina de oro en el alejado y apartado territorio del sureste mexicano. Visitó sus playas, nadó en sus mares, recorrió sus selvas, platicó con sus pobladores.

A su regreso a la Ciudad de México, don Luis sabía que había encontrado El Tesoro del Caribe. Echó manos a la obra y aprovechando la muerte del último gobernador terrateniente de ésta región, Javier Rojo Gómez, decretó que un 8 de octubre de 1974, Quintana Roo fuera declarado como estado libre y soberano.

El tiempo no le alcanzó a Echeverría y pronto vio que el fruto de su cosecha sería de José López Portillo y su insaciable gabinete, amigos y empresarios que lo acompañaron en su sexenio.

Y así pasaron los sexenios en Quintana Roo, con todo y sus gobernadores, unos para bien, otros para mal y otros para destruir todo.

El primero de todos fue el chetumaleño Jesús Martínez Ross, quién trajo “el progreso”.

Después el cozumeleño Pedro Joaquín Codwell, quién trajo “la inversión”.

Luego el cozumeleño Miguel Borge Martín, quién traía en una mano la corrupción y en la otra “la esperanza”.

Y llegó de Chetumal el poderosísimo Mario Villanueva, quien traía la llave de la puerta y dejó entrar a cuanto maleante le entregara una feria. Él trajo la delincuencia y todos se hicieron ricos.

Otra vez le tocó el turno a un chetumaleño, Joaquín Hendricks, quien trajo a los políticos y al gobierno.

Llegó el turno de Cozumel, y con Félix González Canto se desataron los demonios que llegaron y se fincaron en los sexenios pasados. Llegó hambriento de poder y dinero. Y Quintana Roo le dio ambas cosas a manos llenas. Félix cobijó la corrupción. Amparó el tráfico de influencias. Solapó la burocracia, la extorsión, los ecocidios, y al igual que la famosa historia de Pandora, Félix desató todos los males sobre el estado que le dio todo. Y aprovechando el momento, las situaciones, muchos se hicieron millonarios.

Uno de los males que llegó a Quintana Roo fue el sobrino de Miguel Borge, Roberto Borge. Cozumeleño, secretario de todas las confianzas de Félix. Fue su chofer, su asistente. Su confidente. Abundan las historias de hace poco más de una década. El obeso y fofo joven Borge, sabedor de la nada, filósofo del ocio, era quien le cargaba el maletín al poderoso Félix. Las anécdotas que cuentan son muchas: el joven Borge, el inculto; el joven Borge, el morboso; el joven Borge, el simplón. Y ese joven, al que todos a su alrededor calificaban como timorato y títere de Félix, llegó a ser gobernador. Y él trajo el derroche, enraizó a la corrupción y se creyó muy bien eso que decía don Plutarco Elías Calles. Donde hay dinero hay dinastía. Y Borge acumuló fortuna y riquezas, propiedades, excesos. Y todos los que estaban a su alrededor hicieron lo propio, para no quedarse atrás. En ese saco cabrían todos: empresarios, delincuentes, el hampa, políticos, el gobierno, jueces y magistrados, periodistas y dueños de periódicos. Todos. Y como en los viejos tiempos de El Señor Presidente: No había hoja que se moviera sin el conocimiento y la venia del todopoderoso “joven Borge”.

Dicen que momento que pasa es verdad que se va.

El poder en Quintana Roo, desde 1976, es como la moda: del traje de baño largo que parecía mameluco para dormir, se pasó a los ajustados trajes de una pieza que eran más cortos pero que seguían cubriendo el vientre y pechos de las mujeres hasta llegar al bikini diminuto que muestra todo, generosa prenda pequeña que soberbiamente enseña el contenido sin recatos. Así el poder, que sólo cambió en sus formas.

 

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Félix impuso a Roberto Borge. Y al igual que Ávila Camacho, quiso un maximato para sí. Compró la impunidad. La riqueza que amasó durante su gobierno necesitaba urgentemente que alguien le cubriera las espaladas.

Durante su gobierno Félix González Canto ya había armado el andamiaje que le daría estructura y soporte a “sus sexenios”, la clave está en la prensa.

Esa misma estructura ha sido construida a lo largo de 11 años. Once años donde Félix gozó el poder en el despilfarro y sonsacando a cuanto político se le atravesara. No se limitó en nada. Su gobierno descanso en el miedo y la corrupción
Amasó una fortuna de las grandes. Llegó al gobierno para servir, sino para disfrutar del poder. Mientras se despachaba con la cuchara grande, por no dejar y tejer una red de complicidades, no vaya a ser la de malas, a los empresarios los hizo millonarios. A los políticos los hizo empresarios. A los funcionarios los hizo políticos. A los burócratas los hizo funcionarios. A los periodistas les dio dinero, a los dueños de los periódicos les permitió hacer fortuna. Y a los ciudadanos les dio lo único que podía darles, su indiferencia.

Amigo y mecenas de periodistas y plumas, contó con la venia de todos los periódicos de Quintana Roo. Los columnistas lo adulaban, todos los días lo llenaban de calificativos: el líder, el de inteligencia aguda, el honesto, el servidor, el único capaz, el gran Félix, de una inteligencia extrema, carisma, gentileza, atento con todos, dicharachero y una bala para los chistes colorados. Lo colmaron de elogios, le llenaron el ego y él en respuesta, les dio a manos llenas para llenar sus bolsillos. Cualquiera que tenga interés puede consultar en una hemeroteca. Cierto, no hay una como tal pero ahí están sus publicaciones como huella indeleble de sus delitos.

Félix González Canto lo tenía todo, el sexenio le alcanzo y hasta le sobró tiempo para tejer una amplia red de complicidades que más adelante haría uso.

Pero de eso platicaremos en la siguiente entrega de éstos Cuentos Chinos.