Estigmatizados por mitos y víctimas de la violencia humana, los tlacuaches cumplen un papel fundamental en el equilibrio ambiental. Desde la selva de Quintana Roo, un refugio especializado de Puerto Morelos alerta sobre los riesgos que enfrenta la especie y llama a una convivencia responsable como única vía para su conservación.
Durante millones de años, los tlacuaches (también conocidos como zarigüeyas o, de manera local, “zorros”) han sido parte esencial de los ecosistemas del continente americano. Sin embargo, en pleno siglo XXI, su supervivencia enfrenta una amenaza que no proviene de la naturaleza, sino de la acción humana. Así lo advierte Eugenia Poblete, vicepresidenta de Tlacuatitlán – Lugar de Tlacuaches, un proyecto dedicado a la protección y conservación de estos marsupiales en la selva del Caribe Mexicano.
“La labor surge a raíz de la necesidad de la protección y conservación de especies que por muchos años han sido estigmatizadas, rodeadas de mitos”, explica Poblete. Uno de los más persistentes y dañinos es la creencia de que los tlacuaches transmiten rabia. “Ellos no transmiten rabia, sin embargo, esta creencia les ha costado la vida a millones de ejemplares”, subraya, al recordar que incluso autoridades locales han tenido que aclarar públicamente qué especies sí representan un riesgo sanitario.
UNA HISTORIA DE MUCHO TRABAJO
Tlacuatitlán nació hace más de 15 años, inicialmente enfocado en el rescate de perros y gatos en situación de abandono o muerte inminente. Con el tiempo, sus fundadoras —Claudia González, titular del proyecto, y la propia Poblete— identificaron que el maltrato no se limitaba a los animales domésticos. “Nos dimos cuenta de la necesidad de esta especie y desde entonces hemos estado ayudando marsupiales”, relata. Aunque el trabajo comenzó alrededor de 2013, fue en 2018 cuando se consolidó formalmente como fundación con un espacio propio, sumando ya ocho años de labor visible y constante.
Hoy, el santuario se ubica en la Ruta de los Cenotes, en Puerto Morelos, Quintana Roo, en plena selva. El 95% de su infraestructura, conocimiento y manejo está dedicado exclusivamente a tlacuaches. “Todo lo que requiere una especie para tener un trato digno y que se pueda preservar su vida de manera ética lo tenemos enfocado en marsupiales”, puntualiza Poblete. Solo un 5% de los casos corresponde a otras especies que llegan en peligro inminente o con necesidad urgente de atención médica.
La magnitud del trabajo es considerable. El refugio mantiene una fauna fija que oscila entre 45 y 60 ejemplares, animales que no pueden regresar a la vida silvestre por haber sido atropellados, violentados o heridos gravemente. A ello se suma un periodo crítico del año: entre la última semana de febrero y la última semana de septiembre, cuando se concentra el pico de apareamientos y nacimientos. “Podemos llegar a recibir hasta 40 ejemplares en un solo día”, advierte.

Buena parte de esta presión tiene una causa directa: la violencia humana. Poblete lo explica con crudeza. “El 90% de los recursos que necesitamos se reduciría si no hubiera animales violentados, atropellados o atacados”. La razón es biológica: cuando una hembra muere, deja atrás entre nueve y 13 crías que dependen completamente del cuidado humano para sobrevivir. “La mayoría de los animales atropellados o violentados son hembras en etapa de apareamiento, gestación o con bebés en el marsupio”, añade.
IMPORTANTE ESFUERZO
El proyecto opera gracias al esfuerzo directo de sus integrantes. Claudia González permanece tiempo completo en el santuario, apoyada por tres personas encargadas de limpieza, alimentación, manejo y mantenimiento. Erandeni Abundis, es quien apoya mucho en logística; busca recursos, ayuda en traslados y en diversas diligencias sumamente necesarias para el santuario, siendo parte fundamental del proyecto. Por su parte, Eugenia, además de participar en el rescate, se encarga del cuidado de lactantes —crías huérfanas— y de la comunicación con el público. No reciben financiamiento gubernamental.
“Todas somos mujeres que trabajamos y generamos nuestros propios recursos, sin tomar absolutamente nada”, afirma. En situaciones de urgencia, incluso aportan de sus sueldos personales. El resto se obtiene mediante rifas, donativos comunitarios, eventos y colectas en espacios comerciales.
Más allá del rescate, Tlacuatitlán busca desmontar prejuicios profundamente arraigados. Poblete recuerda que los tlacuaches han vivido en el planeta por más de 60 millones de años y han sobrevivido a cambios extremos. “El cambio que en este momento no están superando es la depredación de los humanos, que somos el depredador número uno”, sostiene.
Te puede interesar: Playa del Carmen alberga bebés tlacuaches para reinsertarlos a su hábitat natural
Su importancia ecológica es incuestionable. Son dispersores de semillas, controladores naturales de plagas y aliados silenciosos de los ecosistemas. “Hay plagas específicas de las que hay muy pocos depredadores, y ellos son clave”, explica. Su desaparición, advierte, tendría consecuencias graves, especialmente en regiones donde la conservación de áreas verdes es vital.
El mensaje final es contundente. “La coexistencia ya no es una opción, se ha convertido en una responsabilidad y una necesidad”, afirma Poblete. Respetarlos, permitirles el paso y no agredirlos es una acción mínima pero decisiva. Ante un ejemplar herido o atropellado, recomienda no seguir consejos de redes sociales y buscar siempre apoyo profesional en fauna silvestre.
Para quienes deseen conocer más sobre la labor de Tlacuatitlán – Lugar de Tlacuaches, recibir orientación especializada o contribuir con donaciones que permitan sostener el refugio, el proyecto pone a disposición el correo electrónico tlacuatitlanpomo@gmail.com. Asimismo, es posible establecer contacto y dar seguimiento a sus actividades a través de su página oficial de Facebook (https://www.facebook.com/mamatlacuache/), en la que comparten información, actualizaciones y recomendaciones para la convivencia responsable con esta especie.

