Conoce a Asya, la gata que acompañó a Yuri Knórozov a descifrar a los mayas.

Conoce a Asya, la gata que acompañó a Yuri Knórozov a descifrar a los mayas

Conoce a Asya, la gata que acompañó a Yuri Knórozov a descifrar a los mayas. El lingüista tenía un gran amor por los felinos.

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Fernando Carrasco Fuentes·
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Narración con voz de IA

Hay una gata que terminó ocupando un lugar inesperado en la historia del desciframiento de la escritura maya. Se llamaba Asya y aparece en una de las fotografías más conocidas de Yuri Knórozov, el lingüista soviético que, trabajando a miles de kilómetros de México y Guatemala, desarrolló el método que abrió el camino para volver a leer los antiguos textos mayas.

Cuando vemos la imagen, puede parecer un simple momento: un científico junto a su gata. Pero detrás de Asya hay una historia que ayuda a comprender la personalidad de Yuri Knórozov, su manera poco convencional de trabajar y hasta su intención de cuestionar las reglas de la comunidad científica de su época.

El papel de Asya fue abordado durante una conferencia impartida por el investigador Juan Carlos Domínguez en la Escuela Nacional de Lenguas, Lingüística y Traducción (ENALLT) de la UNAM, dedicada a Yuri Knórozov y a su aportación al desciframiento de la escritura maya.

De acuerdo con lo expuesto durante la reciente conferencia, el lingüista tuvo numerosos gatos a lo largo de su vida y sentía una particular fascinación por ellos. Pero Asya se convirtió en la más célebre, al grado de que el propio investigador procuró que su presencia quedara vinculada con su trabajo.

UNA GATA EN MEDIO DE UN ENIGMA

Para entender por qué una gata terminó asociada con una de las investigaciones más importantes sobre la escritura maya hay que regresar al problema que Yuri Knórozov decidió enfrentar.

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Los mayas desarrollaron una de las grandes civilizaciones de la historia de Mesoamérica y uno de los pocos sistemas de escritura creados de manera independiente en el continente. Sus ciudades alcanzaron importantes conocimientos en astronomía, matemáticas, arquitectura y medición del tiempo, mientras que sus inscripciones registraron acontecimientos políticos, transferencias de poder, calendarios y otros aspectos de su vida social.

Sin embargo, tras la conquista española, buena parte de sus manuscritos fue destruida y el conocimiento de su escritura quedó perdido durante siglos.

Entre los documentos que sobrevivieron se encuentran los códices de Madrid, Dresde y París. También quedó el trabajo de fray Diego de Landa, quien en el siglo XVI recopiló información sobre la cultura y la escritura maya en su Relación de las cosas de Yucatán.

El problema era que la escritura maya no funcionaba como un alfabeto convencional. Y ahí apareció Yuri Knórozov.

UNA MENTE CONTRA LO IMPOSIBLE

El soviético comenzó a estudiar la escritura maya sin haber viajado nunca a las tierras donde aquella civilización había construido sus ciudades.

Trabajó en Leningrado con libros, reproducciones de códices y otros materiales disponibles en las bibliotecas soviéticas. Su espacio de investigación era reducido y, según relató Juan Carlos Domínguez durante la conferencia, prácticamente consistía en una mesa desde la cual emprendió una investigación que terminaría cambiando el estudio de la escritura maya.

Yuri Knórozov encontró un texto que calificaba el desciframiento de la escritura maya como un problema sin solución. En lugar de tomar aquella afirmación como un límite, decidió demostrar lo contrario.

La premisa que orientó su trabajo era contundente: si una mente humana había creado un sistema de escritura, otra mente humana debía ser capaz de comprenderlo.

Su análisis lo llevó a concluir que los glifos mayas no podían entenderse simplemente como letras aisladas. Existían componentes fonéticos y silábicos que podían combinarse para construir palabras y expresiones.

En 1952 publicó su primer trabajo científico sobre la escritura maya, "La antigua escritura de América Central" , y con ello comenzó a presentar una metodología que permitiría avanzar en la lectura de los textos.

Como resumió Domínguez durante la conferencia: “Él otorgó al mundo esta llave”.

EL MÉTODO QUE ABRIÓ LOS GLIFOS

La aportación de Yuri Knórozov no consistió simplemente en traducir unos cuantos símbolos. Su importancia estuvo en comprender la estructura del sistema.

Durante la conferencia se explicó que el investigador analizó los componentes de los glifos y la gramática del maya antiguo, identificando elementos que permitían comprender cómo se construían palabras y oraciones.

El sistema maya contaba con cientos de signos que podían combinarse de distintas maneras. Por eso, reducirlo a un alfabeto convencional impedía comprender su funcionamiento.

Yuri Knórozov planteó una lectura distinta y desarrolló una metodología que posteriormente permitió a otros investigadores continuar con la interpretación de las inscripciones.

“Él otorgó al mundo un sistema que permite leer cualquier escrito maya”, señaló Domínguez.

Su trabajo, además, se realizó en condiciones particularmente difíciles. Mientras otros especialistas tenían acceso a excavaciones, equipos y sitios arqueológicos, Yuri Knórozov permaneció durante décadas sin conocer físicamente el territorio maya.

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Y ENTONCES APARECIÓ ASYA

Durante la sesión de preguntas de la conferencia, uno de los asistentes preguntó precisamente por las fotografías en las que Yuri Knórozov aparece acompañado por su gata.

La respuesta permitió conocer una faceta menos académica del investigador. Domínguez explicó que Yuri Knórozov tuvo muchos gatos durante su vida, propios y adoptados, y estimó que pudieron ser más de 20.

Incluso durante sus viajes podía acercarse a gatos que encontraba en hoteles o en la calle.

“Él encontraba cierta fascinación, cierta relación, cierta tranquilidad en convivir con los gatos”, explicó Domínguez.

Pero entre todos ellos hubo una que quedó vinculada de manera especial con su legado: Asya.

Como un paréntesis que no se mencionó en la conferencia, entre la comunidad se han difundido historias sobre la búsqueda del ruso de reconocer la participación de Asya en su obra de 1952. Incluso se ha comentado que se molestó porque su presencia no apareciera en la cubierta del libro.

La anécdota encaja con lo explicado por Domínguez durante la ponencia, pues señaló que el investigador escribía los nombres de sus gatos en algunos de sus materiales y procuraba que aparecieran en fotografías destinadas a publicación.

La incorporación de los gatos a sus materiales era, más bien, parte de su personalidad y de una forma de desafiar las convenciones académicas.

“Era una manera también como de retar un poco al sistema”, explicó Domínguez.

Así, Asya terminó convirtiéndose en mucho más que la gata que aparece junto a un científico en una fotografía.

¿LA IDEA VINO DE SU GATA?

Existe además una versión particularmente llamativa sobre la relación entre Asya y el trabajo de Yuri Knórozov.

El científico habría observado a Asya mientras enseñaba a sus crías a cazar ratones y habría reparado en la manera en que la gata establecía un código de comunicación con ellas. Según esta versión, aquella observación le habría ayudado a pensar de otra manera el problema de la escritura maya.

Es una historia fascinante, pero debe manejarse con cuidado esa explicación, que además no fue presentada como un hecho demostrado durante la conferencia de Juan Carlos Domínguez. Lo que sí quedó documentado en la exposición fue la estrecha relación de Yuri Knórozov con los gatos, su particular interés por ellos y su intención de incorporarlos simbólicamente a su trabajo.

Por eso, la anécdota de los gatos permite acercarse a la personalidad de un investigador que no parecía tener problema en romper con las convenciones de su época.

UN SOVIÉTICO SIN ACCESO A LAS RUINAS MAYAS

La historia de Yuri Knórozov tiene otra particularidad que resulta difícil de pasar por alto.

Durante décadas estudió la escritura maya sin haber visitado México ni Guatemala. Todo lo que sabía sobre aquella civilización lo había reconstruido mediante textos, fotografías, códices y reproducciones.

Fue hasta 1990, cuando tenía alrededor de 70 años, que finalmente pudo viajar a territorio maya.

En Guatemala visitó sitios como Tikal, Uaxactún y Naranjo. Posteriormente llegó a México y recorrió distintos sitios arqueológicos, entre ellos Cacaxtla, Xochicalco, La Venta, Comalcalco, Palenque, Bonampak, Yaxchilán, Monte Albán, Uxmal e Izamal.

Después de haber pasado buena parte de su vida estudiando a los mayas desde un escritorio, finalmente pudo encontrarse frente a las ciudades y monumentos que hasta entonces había conocido únicamente a través de libros y reproducciones.

En 1994 recibió la Orden del Águila Azteca en la Embajada de México en Moscú.

UNA FOTOGRAFÍA de YURI KNÓROZOV QUE TERMINÓ CONTANDO OTRA HISTORIA

Yuri Knórozov murió en 1999, pero su trabajo transformó la manera de acercarse a la escritura maya.

Su historia comenzó con una pregunta científica que parecía imposible de resolver y terminó conectando dos mundos que durante décadas estuvieron separados: el de un investigador soviético que trabajaba en Leningrado y el de una civilización mesoamericana cuya escritura llevaba siglos esperando ser comprendida.

En medio de esa historia aparece Asya. Su presencia revela algo del hombre detrás del investigador: su afecto por los animales, su carácter poco convencional y su disposición a cuestionar incluso las formas establecidas de hacer ciencia. Quizá por eso aquella fotografía sigue llamando la atención.

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