¿MORENA o PRIMOR?

¿Cómo saber si MORENA es o no el nuevo nombre del PRI?

Por Rosa María de la Peña García

En los próximos días habremos de confirmar cuántos priístas que en su fuero interno añoraban el retorno de la vieja escuela del PRI, han emigrado ya a Morena y si este movimiento-partido, confirma las sospechas de ser el encargado de la restauración del viejo PRI o PRIMOR tal como algún suspicaz usuario bautizó a MORENA dentro del profuso debate que se produjo en las redes sociales y que al decir de muchos coadyuvó para llevar a López Obrador al triunfo el pasado 1º de julio, que vino acompañado también de una mayoría en ambas cámaras y varios de los cargos de elección popular a lo largo y ancho de nuestro país.

Para confirmar si tal señalamiento corresponde a la realidad, hay que seguirle la pista al recetario que cualquier dinosaurio, priísta de verdad, conoce. Es el caso de la fórmula de oro que distinguió al sistema político priísta: nunca expulsar, siempre sumar y cooptar a todos los opositores de todos los credos y corrientes políticas que fuese posible. Un procedimiento que siempre cumplieron los dirigentes de una manera escrupulosa, hasta que un no-priista surgido del área financiera de la administración pública, Miguel de la Madrid, rompió la tradición y orilló a la Corriente Democrática encabezada nada menos que por Cuauhtémoc, el hijo del General Cárdenas, a salir del partido con las consecuencias que todos conocemos, es decir, la escisión del PRI.

Pero el cataclismo tuvo una ventaja para el resto de los mexicanos que ya estaban cansados del “temor reverencial” al que se refirió Gabriel Saíd y que describía el ánimo de una sociedad a la que no se permitía criticar la figura presidencial. La salida de Cuauhtémoc Cárdenas tuvo como efecto la división del PRI y ella dio origen a la competencia pluralista que sin embargo hoy podría acabar, para retornar al viejo sistema autoritario auspiciado por el control del Ejecutivo sobre el Poder Legislativo dentro del consabido esquema estatista y de asistencialismo  que es una forma de comprar votos desde el Estado, lo que aunado a otras políticas propias del populismo, en cualquier descuido llevan a endeudamiento, inflación y al empobrecimiento generalizado de la población.

Cooptar a los opositores como hacía antes el viejo sistema, es una ruta al totalitarismo, ya que el propósito deliberado es mantener oposiciones enanas, incapaces de acceder al poder, impedir el crecimiento de una oposición suficientemente fuerte para competir con el partido hegemónico, tal como logró con creces el viejo sistema hasta 1996-97, cuando la sociedad civil en una gesta heroica logró que el IFE con un Consejo General que presidió José Woldenberg, ciudadanizara el control de las elecciones para permitir el surgimiento del pluralismo electoral y de la competencia real que hoy vemos y que el pasado 1º de julio funcionó de la manera impecable que todos pudimos observar, aunque antecedido por asesinatos de candidatos, presumiblemente a cargo del narco y la delincuencia organizada que nuestro sistema de seguridad no ha podido contener.

Otro aspecto clave al que hay que estar atentos para constatar si López Obrador camina hacia la restauración del sistema priísta, es la llamada “polítiíca del sigilo” propia del populismo. La idea de no dar información para evitar la crítica y así, desprevenidos todos, poder aplicar las políticas de la manera más cómoda. Un dato que hay que tener presente es que cuando López Obrador fue Jefe de Gobierno, el DF fue la única entidad que no instaló la unidad de transparencia, por lo que hay que cuidar que no vaya a desaparecer o disminuir la eficiencia del IFAI.

Por ahora sólo hay especulaciones sobre lo que será la 4ª Transformación, de la que el Presidente Electo no ha ofrecido detalles. Pero los mal pensados sospechan que ella consistirá en la recuperación de las formas de operación política de los antiguos dinosaurios, que hoy serviría para lograr la restauración del emblemático PRI y su populismo más extremo. Se trata de un sistema eficiente para conservar el poder, por lo que ha sido estudiado internacionalmente considerándole en el rango de una estrategia maestra con la que el PRI ha logrado conservar el poder a través de décadas y que desde luego incluye la fórmula del gatopardismo: que todo cambie sólo de manera aparente, pero no lo esencial.

En efecto, hablamos de la recuperación de la “dictadura perfecta” y la Presidencia bajo el control absoluto de un Jefe de Estado y al mismo tiempo líder del Partido. Se trata también de un caudillo de perfil mesianico santificado por multitudes y al mismo tiempo de un conocedor del sistema que dada su trayectoria y antecedentes calificaría como dinosaurio priísta, entrenado para aplicar la estrategia y tácticas de antaño, las mismas que en el tiempo del PRI como partido casi único, le permitieron al Jefe del Partido —también Presidente– el carro completo en cada proceso electoral. 

El temor para los más críticos ya no es que veamos más de lo mismo, sino la recuperación del peor PRI, con su paternalismo, corporativismo, asistencialismo de extorsión, sometido a un ”gobierno de las mayorías” con operadores políticos dedicados a la la cooptación o peor, a la intimidación y censura de opciones críticas que se resistan al cambio no de izquierda ni de derecha, sino en “U”, hacia atrás, impulsado por el propósito de que no crezca ninguna oposición que sea capaz de disputarle el poder al grupo, o como algunos temen: a la familia dirigente. 

El otro señalamiento que más bien corresponde al intento de tranquilizar a los más preocupados ante el sentido del “cambio”, es que la 4ª transformación se realice dentro de esquema gatopardista donde todo cambia en el aspecto y no en esencia. De ahí el nuevo nombre: MORENA acompañado de un populismo si acaso distinto en cuanto a ser de un grado mayor, ya que como nadie puede negarlo, el partido de López Obrador abiertamente se cuelga de la popularidad nada menos que de la Virgen de Guadalupe. ¿Ante eso estamos? Al tiempo

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