Prohiben mascarillas en localidades de Suecia

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Prohiben mascarillas en localidades de Suecia
Gente disfrutando del buen tiempo en un parque de Estocolmo. REUTERS

Mientras otros países europeos se adaptan a una nueva dinámica donde la mascarilla es esencial, Suecia se mantiene al margen de esta medida tan utilizada ya alrededor del mundo. ¿Por qué algunas regiones del país prohíben el cubrebocas? La comunicación contradictoria del Gobierno ha sido clave en la confusión generalizada de su sociedad.

Hace poco, en Halmstad, Suecia, las autoridades prohibieron el uso de mascarillas en las escuelas. Las autoridades alegaron que no hay evidencia científica que respalde su uso. Dichas instrucciones han sido retiradas.

Las mascarillas no son infalibles, pero hay evidencias científicas que muestran que contribuyen a reducir la transmisión de la enfermedad, sobre todo en lugares donde la distancia social no es tan posible, como en las escuelas.

Las autoridades de Halmstad finalmente rectificaron, pero en todo el país se están produciendo muchos nuevos casos de prohibición del uso de mascarillas. A los bibliotecarios de la próspera ciudad de Kungsbacka, por ejemplo, les han dado instrucciones para que no las usen.

Por lo tanto, estas prohibiciones son la consecuencia lógica de nueve meses de mensajes constantes contrarios al uso de mascarillas por parte del Gobierno sueco, y que en nuestra opinión suponen un claro ejemplo de mala estrategia de comunicación de riesgos.

LA EXCEPCIÓN EUROPEA

Fuera de Suecia, en este momento la mayoría de los europeos ya se ha acostumbrado a llevar mascarilla cuando están en espacios cerrados, ya se trate de un supermercado, de transportes públicos o de la consulta del médico. Se ha convertido en una práctica tan arraigada que podría hacer que nos olvidáramos fácilmente del hecho de que, durante los primeros meses de la pandemia, la mayoría de nosotros no usábamos ningún tipo de mascarilla.

El Centro Europeo para el Control y la Prevención de Enfermedades recomendó desde el principio el uso de la mascarilla, y en una fecha tan temprana como abril. Pero no fue hasta junio cuando la Organización Mundial de la Salud (OMS) se sumó a esta recomendación. Inglaterra esperó hasta julio, mientras que Noruega, Dinamarca y Finlandia se resistieron hasta agosto para implantar el uso de la mascarilla.

Suecia, como hemos visto, decidió tomar un camino distinto. La Agencia de Salud Pública ha defendido muchas veces que las mascarillas son ineficientes y que usarlas podría favorecer la expansión de la COVID-19 (una opinión que era habitual al principio de la pandemia, pero que ahora es raro escuchar).

En julio, la Ministra de Sanidad, Lena Hallegren, explicó que el Gobierno sueco no tenía ni la cultura ni la costumbre de tomar decisiones sobre prendas de protección como las mascarillas, y que por tanto su Ejecutivo no desautorizaría a la Agencia de Salud Pública.

La política contraria a las mascarillas de Suecia fue más allá de las fronteras de este país y alimentó el activismo antimascarillas a escala internacional. En abril, el epidemiólogo jefe del país, Anders Tegnell, escribió un correo al Centro Europeo para el Control y la Prevención de Enfermedades (que resulta que está en Estocolmo) en el que advertía a este organismo sobre los peligros de su recomendación de que la gente usara mascarilla. Su razonamiento era que dicho uso “implica que la transmisión es por el aire”, lo que a su juicio podía “dañar seriamente la confianza y por tanto la eficacia de las futuras recomendaciones sobre la pandemia”.

COMUNICACIÓN DE RIESGOS

¿Cómo pudimos llegar a eso? Si nos remontamos a la primavera de 2020, cuando el SARS-CoV-2 aún era un virus muy desconocido, los mensajes del Gobierno sueco sobre la COVID-19 consistían en un triple mantra, simple y lógico: lávate las manos, mantén la distancia social y quédate en casa si estás enfermo.

Las directrices de la OMS para una comunicación de riesgos efectiva en crisis de salud pública hacen hincapié en tres factores: que las incertidumbres deben ser nombradas de forma explícita, que la información que se traslada tiene que ser sólida y fácil de entender, y que los contenidos de los mensajes deben recomendar la realización de acciones realistas y concretas.

Durante sus fases iniciales, la comunicación de riesgos llevada a cabo por el Gobierno sueco cumplió dos de estas condiciones, pero fracasó a la hora de hacer frente a las incertidumbres. Se trata de algo que sí consiguieron hacer muchos otros países, donde también se apostó por mensajes muy sencillos.

A pesar de que el conocimiento científico sobre el virus siguió aumentando, la comunicación de riesgos del Gobierno sueco sobre el uso de mascarillas no cambió. En agosto, por ejemplo, cuando llevar mascarilla se convirtió en algo muy habitual en otros países europeos, Tegnell afirmó que las evidencias científicas en las que se sustentaba el uso de mascarillas eran “sorprendentemente débiles”, y que su uso podría incluso aumentar la expansión del virus.

UNA NORMA CONFUSA SOBRE EL USO DE LA MASCARILLA

Las autoridades suecas mantuvieron su postura antimascarillas hasta diciembre, cuando el Primer Ministro, Stefan Lofven, anunció un giro de 180 grados referente al uso de éstas en el transporte público.

Pero la nueva política de Lofven en relación con las mascarillas no se limitó a hacerlas obligatorias en los transportes. En lugar de ello, recomendó usarlas entre siete y nueve de la mañana y entre cuatro y seis de la tarde; y no para todos, sino sólo para los nacidos “en 2004 y con anterioridad”, y que además no tuvieran asiento reservado. Si esto le suena demasiado complicado, realmente es porque lo es.

No puede sorprender, por tanto, que el cumplimiento de esta norma haya sido escaso y que sólo la mitad de los usuarios de transporte público lleven realmente mascarilla durante las horas pico.

Pero no son sólo los ciudadanos de a pie. Dos semanas después de que se aprobara la recomendación, el director de la Agencia de Salud Pública del país, Johan Carlson, fue visto sin mascarilla en un autobús durante la hora pico. Cuando se le preguntó por su incapacidad para cumplir con sus propias recomendaciones, él afirmó que “simplemente no me di cuenta de que había llegado la hora pico”. Este caso ilustra bien el problema de una comunicación de riesgos excesivamente complicada.

CONFUSO Y COMPLEJO

Si el director de la Agencia de Seguridad Pública es incapaz de seguir sus propias normas, será difícil recriminar a la gente su escaso nivel de cumplimiento.

El anuncio sobre el transporte público no sólo fue confuso debido a lo complicado que era, sino también por el hecho de que su contenido era directamente contradictorio con las directrices sobre la mascarilla que habían estado vigentes entre marzo y diciembre.

En este contexto, no puede sorprender que haya bibliotecas y colegios en Suecia que estén mandando mensajes contradictorios sobre si hay que llevar o no mascarilla.

Es el resultado de meses de una mala comunicación de riesgos en torno a una sencilla medida de salud pública; una medida que además ha sido ampliamente adoptada en el resto de países. Y este fracaso en la política de comunicación podría tener consecuencias realmente preocupantes, como por ejemplo la posibilidad de aumentar el número de contagios en un país que ya está al borde de sufrir una tercera ola.

(Con información de Sin Embargo).