No está aquí, ha resucitado

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Rocío Martínez Preciado

Atravesó la luz este sudario.

Ya se hizo fuego y cera derretida.

Se puso Dios su miel en cada herida.

Y fue Jesús tu firme abecedario.

Una roca se rompe y se hace arena.

¡Allá, un pájaro blanco que se escapa!

Un amor que te da brújula y mapa.

Y una noche por fin mansa y serena.

No lo busques aquí ¿Está dormido?

Lo han visto con mendigos en la puerta.

No entierres a Jesús en triste olvido.

No te distraigas, sueña, vive alerta.

No dejes de volar, olvida el nido.

Solo quien pinta con el alma acierta.

¡No está aquí, ha resucitado!

Jesús vive en cada uno de nosotros, no lo busques en tierras lejanas, no está ahí, está cerca de ti, está dentro de ti.

Comienza Semana Santa, días en que el rey de reyes, se convierte en el más humilde de los hombres, en el hombre que con sus pies cansados ha dejado las huellas más profundas en el universo, ese hombre que sus manos las utilizaba, no para señalar y juzgar a los malos, sino las usaba para tocar y bendecir al pobre, para dar con ellas su toque de amor, un amor que era tan grande e inmenso que sanaba. Ese hombre llamado Jesús quien con su sencillez cautivaba, sus ojos eran luz que iluminaba oscuridades, sus palabras claman alegría y paz a los corazones que lo escuchaban.

Imaginamos muchas veces que Jesús está en lo alto del cielo, en un lugar privilegiado donde debe estar el rey de reyes, pues, Jesús murió, dio la vida por nosotros, fue clavado y crucificado en una cruz.

Esa ternura de hombre llamado Jesús, hijo de María y José, sigue como una hoguera viviente, irradiando luz, por lo que es decisión de cada uno de nosotros si deseamos seguir viviendo en tinieblas o buscamos esa hermosa luz reflejo del amor de Dios.

La alegría es la señal de la unión con Dios y su presencia es amor, es el resultado de un corazón que arde en amor.

Jesús se hizo a sí mismo el pan de vida y el hambriento, demostró su amor por nosotros dándonos su propia vida, su propio ser, él siendo rico se hizo pobre por ti y por m, se entregó a sí mismo completamente y murió en la cruz, pero antes de morir se hizo a sí mismo pan de vida para saciar nuestra hambre de amor por él.

Dijo: “Si no comes mi carne ni bebes mi sangre no tendréis vida eterna”. Este amor suyo lo convirtió en un hombre hambriento y dijo: “Tuve hambre y me dieron de comer y a menos de que me deis de comer no podrán entrar en la vida eterna. Este es el modo de dar de Cristo y hoy Dios continúa amando al mundo, continúa enviándonos a ti y a mí para demostrar que lo ama y que todavía tiene compasión por el lugar en el que vivimos.

En lo particular mi corazón se emociona y hace que mis lágrimas salgan a flote al recordar cuando una Semana Santa, el doctor me dijo que mi hijo Alonso de siete años, tenía cáncer y era probable que muriera, a lo que respondí -Para el que cree en Dios no existe la muerte-. Precisamente esa noticia me la dio un Domingo de Resurrección.

Ahora cada segundo, cada minuto y día del año, imagino en mi corazón a ese hombre que me ama tanto, que dio su vida por mí, y por cada uno de nosotros. Es tan inmenso su amor que amaba tanto a mi hijo que era de él también, y decidió llevárselo a su lado, pero no tengo miedo por que Jesús, mi Dios me ha sostenido, me ha abrazado cuando tengo frío, me ha alimentado cuando tengo hambre, me ha hecho sonreír cuando estoy triste.

Por ello te pido, no tengas miedo, porque si escuchas a tu corazón, sabrás que Jesús tiene fe en ti y hasta que no lo comprendas, no podrás comenzar a saber quién quiere ser él para ti o quien quiere que seas tú para él.

¡Imagínate! Dios está sediento de que tú y yo demos un paso adelante para saciar su sed, esta Semana Santa recuerda a Jesús atado en la cruz diciendo “Tengo sed”. Abrázate a su cruz y dale de beber esa agua viva que llevas dentro de ti,  alegría y caridad, porque lo necesita, esa paz y calma donde tu camines, comparte tu pan y amor, voltea hacia esa cruz y dile: “Jesús quiero y deseo saciar tu sed”.

Jesús, mi hijo Alonso está contigo y tu madre María que es también mía, me hace saber y entender que su hijo dio la vida por el mío y por mí y no debo temer, porque el amor florece.

El amor es agua y calma la sed, gracias mi Dios por cada instante de mi vida, gracias por pensar en mi, a nombre mío y de mis hermanos en la tierra, perdónanos cuando te ofendemos y enséñanos a cada instante a ser una gota de agua para poder calmar tu sed atado en esa cruz. Jesús  te amo.

¡Dios por delante!

Rocío Martínez Preciado.

Los Planes de Alonso

Presidenta

Cel. 4626058359

Correo: [email protected]

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