El miedo a Uber

los taxistas estan obligados a prestar un mejor servicio o el mercado se los comerá.

Estampas desde el sureste
Abraham Gorostieta

El miedo a Uber

Bien decía el célebre escritor cubano Ernest Hemingway que las mejores historias sucedían o tenían algo que ver con un taxi. La palabra “taxi” es universal en todos los idiomas en los cinco continentes del mundo. Fue pensada para que cualquiera al verla o pronunciarla entendiera su significado: transporte.
En el último lustro de la segunda década del año dos mil una “forma” de entender el servicio del transporte Taxi está revolucionando ese mercado. Uber es una empresa que desarrolló una tecnología para hacer más eficaz un servicio. Una empresa que invierte dinero en muchos países y que desde hace tres años, lo invierte en México. La aplicación permite contratar un auto con chofer a un precio razonable a través de un teléfono con conexión a internet. Simple, sencillo.
Un servicio rápido, limpio, seguro, económicamente justo y puntual destaca sobre el mal servicio que normalmente los taxistas ofrecen. No hay mayor secreto en su fórmula de éxito.

Durante décadas los taxistas, sus gremios, sindicatos y sus líderes gozaron de impunidad. Con la venia del gobierno y gobernantes, líderes taxistas amasaron fortunas de la nada a cambio de lealtad incondicional a la hora de las urnas. Es el caso de Quintana Roo. Es el caso de todos los estados de México.

El monopolio es el resultado de impedir la competencia a toda costa. El multimillonario estadounidense, John D. Rockefeller lo sabía, e incluso aseguraba que “la competencia es un pecado”. El monopolio del servicio de transporte en México ha impedido el desarrollo de un servicio necesario para todos.

Centrémonos en Quintana Roo.

Un solo sindicato, líderes y caciques que se eternizan en los cargos, todos militantes activos del PRI (no faltaba evento de gobierno sin que una representación del sindicato de taxistas estuviera presente). Presente su líder, a las órdenes del presidente municipal o el gobernador.

El uso y abuso político de los trabajadores del volante tenía sin cuidado al gobernante en turno. Apoyos, dispendios, regalos y canonjías a manos llenas. La última administración de gobierno es prueba de ello. Roberto Borge era Santa Clós los 365 días del año. Para mala fortuna de los afiliados, esos dispendios nunca llegaron. El filtro de los cercanos al líder sindical fueron voraces.

Todos hemos sido usuarios del servicio de taxi. Son unidades que por lo general, son viejas, descuidadas, poco aseadas. Conductores con mal genio, molestos, imprudentes y en algunos casos amenazantes. El taxímetro, impensable. A pesar de tener un tarifario –que nunca está a la vista del usuario quien siempre es víctima o sus derechos son vulnerados- es el taxista quien decide la cuota.
El servicio que Uber ofrece es distinto. No es nada fuera del sentido común. Los autos son del año que corre o un año anterior. Limpios. Los conductores visten traje y corbata, te abren la puerta para que subas. Te ofrecen una botella de agua. No son imprudentes. La ruta que trazan es la que indica un GPS. En el celular, desde que uno pide el servicio, ya sabes el nombre del conductor, su número celular, tienes su fotografía y la calificación promedio de sus anteriores clientes. Los choferes son amables.

Al llegar al destino, no es necesario portar efectivo. Los cobros son automáticos a las tarjetas de crédito. Inmediatamente recibes en tu teléfono un formato de evaluación del servicio. En un minuto te han enviado al celular un recibo electrónico. Al final del mes en tu correo electrónico hay una factura deducible de impuestos.

Hay una diferencia gigantesca entre Uber y el taxi. Los taxistas argumentan que es una competencia desigual, tienen razón. No son competencia para Uber quien con su servicio libera al usuario del maltrato, prepotencia, de taxis inseguros y de la incertidumbre en los cobros.

Uber llega a Quintana Roo. El sindicato de taxistas y sus líderes responden con violencia. Presionan a los políticos a quienes por décadas prestaron sus servicios electorales. “No afectes a mi familia Uber” se lee en todos los vidrios de los taxis. Lo cual es una gran mentira. Son ellos los que afectan la economía no sólo de sus familias, sino de todos los que vivimos aquí.

De todos los estados en México, Quintana Roo es el que aparece como el número uno. El más próspero de todos y el de menores índices de pobreza. El indicador Cómo vamos y las cifras que ofrece Valeria Moy son apasionantes (www.mexicocomovamos.mx), explica que Quintana Roo crece a un 5.2 por ciento anual, más de dos puntos de lo que crece el país que se encuentra en 2.6.

El estudio explica que la población en pobreza del estado es de 27.9 por ciento, muy inferior al 41.7 del promedio nacional. La productividad del quintanarroense es de 684 pesos por hora trabajada. Sin embargo, las administraciones han sumergido al estado en una deuda avasallante. Sus últimos gobiernos han elevado cinco veces las deudas del estado. El municipio más endeudado de México es Solidaridad, hasta hace poco gobernado por Mauricio Góngora.

El sindicato de taxistas siempre estuvo al lado del suspirante gubernamental. Sus líderes, presentes en el festín de corrupción y cambio de favores políticos por dinero.
Las ciudades de Cancún, Playa del Carmen y Tulum concentran el 50 por ciento del turismo en México. Fuentes inagotables de dinero, sus playas y costeras vírgenes se cuentan entre las más bellas del mundo. Los servicios en los hoteles cada año se superan y ofrecen excelentes vacaciones a los turistas, lo que se traduce como oportunidades de trabajo e inversión para los quintanarroenses.
Sin embargo el servicio de transporte genera siempre una mala impresión. Al llegar al aeropuerto de Cancún, el turista nacional o extranjero, se enfrenta a la mafia monopólica del sindicato de taxistas. Ir a Cancún, Playa o Tulum puede llegar a costar 100, 300 o 500 dólares. No hay tarifa, es según el criterio y abuso del conductor.

 

El periodista Sergio Sarmiento cuenta una anécdota: durante una convención del Foro Económico Mundial de Latinoamérica –hace un par de años en Cancún-Solidaridad- el periodista llegó al aeropuerto pasada la medianoche. Ahí abordó un taxi que lo traslado al Hotel Grand Velas por 300 dólares, no hubo explicación del cobró. Si el periodista no aceptaba tendría que esperar el servicio y abuso de otro taxista.
Después de su estancia y su participación en el Foro, el periodista pidió un taxi en el lobby del hotel para que lo trasladara al aeropuerto. El error de Sarmiento, querer irse en domingo. “Al cabo de un rato llegó una camioneta destartalada con el número U-114 pintado en la parte de atrás y ninguna otra identificación”, cuenta el periodista.
A un par de minutos el chofer le informó que se detendría en el Hotel Iberostar por un par de pasajeros más. No era parte del trato pero Sarmiento no tenía opción. Al chofer no le importó el horario de vuelo de su pasajero, pues una vez llegando al hotel, se tardó más de 30 minutos en seguir ofreciendo su servicio. El periodista protestó a lo que el conductor le respondió “que si quería irse podía ir a la carretera (Tulum-Cancún) a ver si podía tomar un taxi. Tuve suerte –continúa la anécdota de Sergio- y pude encontrar un taxi que acababa de dejar a un pasajero en el Iberostar. Cambié mis maletas y lo tomé. El taxista nuevo subrayó que había yo corrido con suerte. A esa hora del domingo no había taxis”.
La anécdota ilustra perfectamente el servicio monopólico y mafioso del sindicato de taxistas en Quintana Roo. Las historias de abusos de los taxistas en los centros turísticos de nuestro país se cuentan por montones. En Guadalajara, Monterrey, Puebla, Cuernavaca, los usuarios extranjeros se quejan del servicio que ofrecen los taxis. En Los Cabos, Mazatlán o Puerto Vallarta, los taxistas municipales han realizado bloqueos en los hoteles de la zona turística para obligar a los pasajeros a salir caminando con sus maletas y pagar el delito de visitar México.
Altos cobros y mal servicio. En la Ciudad de México el servicio de taxi puede incluir robo y violaciones a turistas.

México es una economía que invierte mucho en infraestructura y desarrollo turístico con el fin de generar recursos económicos y empleos. El estado de Quintana Roo esta fincado en el turismo como base y eje de todas sus políticas económicas y de desarrollo. Sin embargo, el gran daño que la industria turística recibe por el pésimo servicio de taxis es enorme y cuantificable. Lo que debe de ser una buena experiencia de vacaciones o de viaje de negocios en dónde toda la maquinaria de un estado se mueve para que así suceda se echa a perder con una mala experiencia en el servicio de transporte.
La oportunidad de romper inercias y cacicazgos, de garantizar un servicio justo y eficaz está del lado del gobernador Carlos Joaquín, de Cristina Torres, de Perla Tun, de Romalda Dzul. Es hora de demostrar de parte de quien están. Y de hacer responsable al líder del único sindicato de taxistas por su campaña de odio y de terror, por su miopía y por enriquecerse a costa de sus agremiados.

La economía de las familias de los taxistas, de la de miles de trabajadores de la industria de los hoteles y recreación, de comercios locales, de ciudades enteras están en riesgo.
Uber solo vino a evidenciar a las autoridades.