Dos adolescentes sonrientes sentadas en un sofá observan un teléfono móvil juntas.
Imagen ilustrativa · Foto: MART PRODUCTION / Pexels

Redes sociales y menores: el debate global llega

Países de varios continentes impulsan restricciones al uso de plataformas digitales por adolescentes ante evidencias de daños a la salud mental.

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Aitor Domínguez·
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Narración con voz de IA

Durante años, padres, gobiernos y plataformas tecnológicas compartieron una misma convicción: que conectar a un niño desde temprana edad representaba un signo de avance y no un riesgo social. Hoy, con evidencias acumuladas sobre los efectos de las redes sociales en menores, esa certeza empieza a derrumbarse en distintas partes del mundo.

Regulaciones que marcan una nueva era

El Reino Unido anunció una de las medidas más estrictas del mundo occidental: vedar el acceso a redes sociales a personas menores de 16 años y establecer un límite de uso digital para adolescentes a partir de las 20:30 horas. Con esta decisión, el gobierno de Keir Starmer se une a un grupo reducido de naciones que han optado por enfrentar el poder de las grandes plataformas tecnológicas.

Australia fue pionera en imponer restricciones similares. Indonesia, Malasia, Canadá, Francia, Alemania, Grecia y España también estudian medidas en la misma dirección. Lo que comenzó como una discusión académica se ha convertido en un asunto de salud pública.

Algoritmos diseñados para enganchar

Investigadores en Estados Unidos, Europa y Australia han documentado vínculos entre el uso intensivo de plataformas digitales y el aumento de ansiedad, depresión, trastornos alimenticios y problemas de autoestima entre jóvenes. Los hallazgos apuntan a que estas aplicaciones no fueron creadas para educar ni informar, sino para maximizar el tiempo de permanencia del usuario.

TikTok se ha convertido en el caso más analizado. Su algoritmo es capaz de identificar en pocos minutos las inseguridades y preferencias de un menor para mantenerlo conectado durante horas. En Estados Unidos, familias de adolescentes que murieron por suicidio han demandado a empresas como Meta y TikTok, argumentando que sus sistemas de recomendación promovieron contenidos relacionados con autolesiones.

En Francia, asociaciones de padres han denunciado la circulación de desafíos virales peligrosos. En el Reino Unido, investigaciones parlamentarias detectaron que menores recibían contenido dañino apenas minutos después de mostrar interés en temas vinculados con depresión.

Frente a cada nueva regulación, las plataformas responden con promesas de herramientas de supervisión y autorregulación. Algunos analistas comparan esta postura con la que adoptaron las industrias tabacaleras décadas atrás, cuando comenzaron a surgir evidencias sobre los efectos del cigarro en la salud.

Ninguna prohibición resolverá el problema por sí sola. Sin embargo, el debate ha cambiado de fondo: la pregunta ya no es si las redes sociales benefician o perjudican a los menores, sino por qué se permitió durante tanto tiempo que corporaciones multimillonarias moldearan la infancia digital sin supervisión efectiva.

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