
Trump como árbitro entre gobierno y oposición en Venezuela
Washington ejerce influencia simultánea sobre el chavismo y sus adversarios políticos en Caracas.
Washington se ha convertido en el actor central de la política venezolana: su influencia sobre Venezuela alcanza por igual al gobierno encabezado por Delcy Rodríguez y a los principales grupos opositores, quienes dependen de las decisiones del gobierno de Donald Trump para avanzar en sus respectivos objetivos.
El plan de tres fases que reordena Venezuela
Tras la captura de Nicolás Maduro en enero pasado, la administración Trump respaldó a Rodríguez como figura de transición. Desde entonces, Estados Unidos ha asumido un papel determinante en múltiples frentes: tomó el control de la comercialización del crudo venezolano, promovió el regreso de empresas petroleras estadounidenses y empujó reformas a la legislación del sector energético y minero para facilitar la inversión privada.
Ese proceso responde a un esquema de tres etapas —estabilización, recuperación y transición política— diseñado por el secretario de Estado Marco Rubio. Paralelamente, Washington ha levantado de manera gradual diversas sanciones y ha abierto la puerta para que Venezuela se reintegre a organismos y programas internacionales de los que estaba excluida.
En el plano interno, Estados Unidos es señalado como el motor del diálogo político que arrancó recientemente entre el gobierno de Rodríguez y un sector opositor encabezado por Dinorah Figuera, última presidenta de la Asamblea Nacional electa en 2015. En política exterior, el efecto se percibe en el distanciamiento silencioso de Caracas respecto de aliados históricos del chavismo como Cuba e Irán.
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Soberanía suspendida y dos palancas de presión
Analistas venezolanos describen la situación como una soberanía suspendida. Benigno Alarcón, fundador del Centro de Estudios Políticos y de Gobierno de la Universidad Católica Andrés Bello, señala que las decisiones en Caracas están condicionadas por la potencia que interviene, y que esa dinámica se mantendrá hasta que un nuevo gobierno electo retome el control institucional del país.
Según ese mismo análisis, Washington dispone de dos palancas concretas: una militar y otra económica. La primera se expresa en la capacidad demostrada de actuar, que mantiene alerta a la élite gobernante. La segunda descansa en el control sobre los ingresos petroleros, en la aplicación o suspensión de sanciones financieras y en el acceso a fondos venezolanos congelados en el exterior.
Sectores de la oposición, del propio chavismo e independientes han cuestionado la falta de transparencia sobre el manejo de esos recursos: no existe información pública sobre los montos recaudados ni sobre su destino. Sin embargo, esas críticas no provienen de los funcionarios más visibles del gobierno ni de los líderes opositores de mayor peso, quienes guardan silencio en ese punto.
El resultado es una paradoja política: el movimiento que durante décadas construyó su identidad sobre el discurso antiestadounidense opera hoy bajo la tutela del gobierno al que llamaba «el imperio», mientras la oposición que reclamaba soberanía democrática acepta que su avance depende, en buena medida, de las mismas decisiones que toma la Casa Blanca.
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Fuente: BBC Mundo


